Lo que no te dicen cuando compras tu billete de avión a las Azores es que no cualquiera puede aterrizar aquí. Hace falta cierto tipo de ser humano para no sucumbir ante la presión de aterrizar una aeronave entre vientos cruzados con el peso de varias decenas de almas sobre los hombros.
Mientras intentaba contener las lágrimas y no entrar en pánico, tuve que reconocerlo: ¡El piloto era otro pedo!
El avión se sacudió y balanceó durante todo el descenso, pero nunca se rindió ante la turbulencia. En cuanto nos detuvimos, un grupo de estudiantes locales que viajaba con nosotros estalló en aplausos, risas nerviosas y gritos de alivio. Todo el mundo a bordo iba colocado de adrenalina.
Una vez a salvo en tierra, comenzaron a circular murmullos con el nombre del piloto.
“Hoy vuela Filipe”, comentaban algunos con complicidad. Por supuesto, era uno de los buenos.
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