Bajo esta premisa, modificar el rumbo parece imposible. Hacer observaciones, criticar y hasta rechazar participar en la trama es visto como una falla de carácter. Tanto así es que hemos internalizado el cuento que se nos ha venido contando por generaciones.
Los Seres Humanos somos eso –– cuentacuentos por naturaleza. Por medio de estos es que aprendemos sobre quiénes somos, el contexto bajo el que vivimos y las guías a seguir para llegar hasta el punto final.
Estos cuentos, por mucho que parezcan abarcar, por muy inmersivos que se sientan, son reales hasta que algo rompe la ilusión.
Justo esto –– aquello que rompe la ilusión –– es el enemigo principal de cualquier historia que se cuente. Por algo es que mucho de esto es demonizado, prohibido y penalizado. Por algo es que la tendencia actual de sus principales escritores es la de acaparar tanto como sea posible los controles de dicha ilusión.
Claramente se ve esto en el actual atiborro de la Inteligencia Artificial –– el nuevo medio sobre el cual se contarán las historias del futuro –– sobre todo espacio digital. Quien la controle tendrá control de su narrativa.
Se nos dice que será la fuente de abundancia infinita, aquello que nos ayudará a romper los límites de nuestra humanidad, y que sí o sí habremos de consentir, a riesgo de ser tildado de traidor a nuestra propia especie.
Otorgo el beneficio de la duda a aquellas personas empeñadas en hacer triunfar esta nueva tecnología, pero no puedo evitar mantener mis reservas. Yo, que desde pequeño me he visto atraído a la tecnología, me veo ahora radicalizado en contra de la que pudiera ser la última gran tecnología de nuestra era.
Más que el relego del Ser Humano a segundo plano, lo que me hace hesitar viene precisamente de estudiar el desarrollo de tecnologías previas:
- El telégrafo, propiciando el envío de información a largas distancias y descontextualizando el tipo de información a la que tenemos acceso.
- La televisión, reduciendo las capacidades discursivas a bloques cortos entre espacios publicitarios.
- El internet, alguna vez aclamado como símbolo de libertad, hoy en día se encuentra prácticamente monopolizado por corporaciones trabajando por los intereses de unos cuantos magnates.
Es en este contexto que nos llega la IA –– la última gran plataforma hacia la libertad, propiciando ya nuevas metodologías para la ejecución de genocidios, vigilancia masiva.
Poco se habla de las voces que son calladas en este proceso, de las historias que han sido borradas o minimizadas bajo la excusa de que dichos puntos de vista alternos son primitivos, poco inteligentes y demás. De acuerdo a esta perspectiva paternalista, es el CEO billonario –– por su mera capacidad para amasar una basta fortuna –– la persona indicada para decidir correctamente el destino apropiado de la Humanidad.
En un mundo como el de hoy, donde el capital y el acceso a la información equivalen a poder, su rechazo es casi una sentencia de muerte.
¿Existe alternativa? Me gusta creer que sí, pero aún no la veo.
Sin soluciones concretas, y con la actitud clásica de Silicon Valley –– muévete rápido, rompe cosas –– es más importante que nunca poner atención a su desenvolvimiento, usar estas nuevas herramientas con precaución y alzar la voz para que esta historia la escribamos todos.