Sergio Camalich

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Llegando a Tepoztlán

Por fin llegamos a Tepoztlán –– la tierra prometida, el lugar en donde todo se va a solucionar.

*(Guiño, guiño)*

Tras varios meses de viaje desde que dejamos nuestro hogar, con toda nuestra vida empacada en unas cuantas maletas, me queda claro: ningún lugar es perfecto.

Sofia y yo bromeamos con que estamos locos. ¿Qué chingados estamos haciendo aquí? Habiendo dejado a nuestra comunidad en Bali, sin ningún conocido en la zona, casi casi que a la merced de la bondad de la siguiente persona con la que nos topemos.

Poco a poco hemos ido esparciendo la noticia de nuestra intención de establecernos en México, y la sorpresa de nuestras familias y amigos no se ha hecho esperar.

Los planes, como siempre, fluidos. Siguiendo nuestra intuición y las puertas que se van abriendo en el camino.

Reconocemos que no es fácil. No por nada son relativamente pocas las personas que hacen lo que nosotros hemos hecho en nuestras propias vidas. Ya hemos pasado por situaciones similares, cada uno por su cuenta –– y nos la hemos rifado.

Mejor aún: ahora nos tenemos el uno a otro para hacernos compañía a lo largo de nuestras aventuras.

Lo bueno de estar bajo este tipo de presión es que no hay tiempo para lamentarse, ni para caer en espirales sin salida. Lo único por hacer es seguir andando, fijar la mirada en el siguiente paso, y continuar. Gran meditación.

Es extraño, sentirse extranjero en tu propia tierra. Sentir que no hay lugar para uno, fuera del prestado.

Sin embargo, continúa la esperanza.

En todo este dudar, en todo este temer, descansa el infinito potencial de la creatividad. Lo he vivido antes y lo vivo una vez más hoy.



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